VIDEOJUEGOS INSÍPIDOS

Cuando un servidor era apenas un tierno infante, la leche sabía a leche y, en ocasiones, a nata.

Ponías un cazo de leche a hervir y al enfriarse dejaba tras de sí una jugosa capa de color amarillento y suave, que combinada con una tostada y algo de azucar se convertía, como por arte de mágia, en uno de los manjares más refinados que tuve el placer de disfrutar.

Los más jóvenes solíamos jugar en las proximidades del hogar, degustando nuestras preciadas tostadas con nata, que con frecuencia dejaban una marca blanca en torno al labio superior.

Recuerdo aquel sabor dulce y tibio en la comisura de los labios, del mismo modo que recuerdo mi primer videojuego o el calor de mi madre durante aquellos primeros años de vida.

También recuerdo con cierta nostalgia manzanas que sabían a manzanas, recién cortadas del árbol, y comías lentamente en un intento por no tropezar con algún inesperado gusano.

Y cerezas de un rojo infinito, que dejaban a su paso un líquido dulce y agradable, que ocasionalmente se mezclaba con otros sabores propios de la época y del entorno.

Y peras con profundas cicatrices, pero igualmente sabrosas.

Incluso tomates que veíamos crecer en las tomateras de los vecinos, y en repetidas ocasiones, desafiando la ira de los dueños, arrebatábamos en audaces almogravías para disfrutar poco después del botín, masticando aquella pulpa roja junto a otros chiquillos, viendo cómo desfilaban los barcos en el horizonte.

O naranjas cuyas cortezas flotaban luego en la orilla de cualquier riachuelo, y que por alguna razón indescriptible asocio con mis pies desnudos y morenos y a mi queridísima Valencia, tierra que me vio nacer.

Sin olvidar las aceitunas de sabor intenso que compartía conmigo aquella niña que yo sentía como mujer, y de la que me enamoré irremediablemente con el paso de los años, pese a que el poquísimo orgullo que todavía conservo me impide dirigirle la palabra.

También la carne sabía distinta, y tenía más grasa.

No me refiero a mis propias carnes, pues por aquel entonces yo todavía era un niño menudo, delgado, moreno y mediterráneo, sino a la otra más prosaica que llevarse a la boca.

Más de uno recordará con cierta nostalgia aquellos filetes que se echaban a la sartén y, en lugar de encogerse con un desconcertante humeo, chisporroteaban alegremente, y cuyas vetas blancas los más ancianos del lugar impedían separar con el cuchillo porque, aseguraban, también alimentaban.

Aquella grasa en cuestión me costó no pocas collejas de mis abuelos, pero en cierto modo la añoro.

O quizá lo que añoro en realidad es tener abuelos que me den collejas, y estar en edad de recibirlas.

Hoy en día mi leche ya no tiene nata, ni la carne grasa, y las cerezas y naranjas prácticamente me saben igual.

En cambio, abunda la fruta reluciente y perfecta que parece recién encerada, con enormes peras y manzanas de impoluta piel pero dudoso sabor.

Quizá todos tenemos lo que nos merecemos: comida, gobiernos, programas de televisión, películas y, como no podía ser de otro modo, videojuegos.

A fin de cuentas, los agricultores, cineastas y desarrolladores no hacen sino satisfacer los gustos del personal, pues nadie se dedica a una actividad profesional concreta por filantropía, sino para ganarse honradamente la vida.

Porque, a tenor de lo visto, exigimos leche pasteurizada, desnatada y aséptica.

Preferimos la fruta gorda, reluciente y encerada, y los filetes sin grasa.

En realidad, el mundo de los videojuegos no es muy distinto, pues en la actualidad abundan aquellas compañías relucientes como una de tales manzanas, tan sin grasa como esos filetes de plástico, y cuyos títulos raramente dejan un buen sabor de boca.

Pruebas lo uno y lo otro y compruebas que casi todo, leche, manzanas, filetes y videojuegos tiene un sabor insípido, irreconocible y anodino.

Quizá sea ese el precio del progreso: una tentadora manzana engalanada por una corteza reluciente y encerada que sabe a cualquier otra cosa.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.