VIDEOJUEGOS QUE NOS RECUERDAN

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Nunca se me ha ocurrido etiquetar mis antiguos cartuchos, como suelen hacer algunos amigos coleccionistas.

Ya saben, con pegatinas que permiten identificar a su propietario, “Pertenezco a tal“, suele decir la leyenda, o recogen algunos datos sobre el año de lanzamiento, compañía, género, y un largo etcétera.

Aunque debo admitir que siempre me pareció una costumbre bonita.

En alguna ocasión, mis compañeros de afición han tratado de persuadirme para que siga su ejemplo, pero nunca acepté.

Tengo mis ideas particulares sobre la propiedad de los videojuegos, y están relacionadas con lo efímero del asunto.

He visto arder algunos cartuchos entre lágrimas, siendo muy joven, y he comprado demasiados juegos de segunda mano como para hacerme ilusiones al respecto.

Si es cierto que todo en esta vida lo poseemos sólo a título de depósito temporal, los videojuegos son un recordatorio constante de esa evidencia.

Creo que pretender amarrarlos a la propia existencia, al tiempo limitado de que dispone cada uno de nosotros, es un esfuerzo inútil.

Y triste.

Quizá sea esa la palabra, tristeza, la que mejor define el asunto.

Como comprador y poseedor contumaz de títulos usados, cazador de ojo adiestrado y dedos polvorientos en tiendas de segunda mano, nunca puedo evitar que, junto al placer feroz de dar con el juego que busco o con la sorpresa inesperada, al goce de pasar las pantallas de un viejo título recién adquirido, lo acompañe una singular melancolía cuando reconozco las huellas, evidentes a veces, leves otras, de manos y de vidas por las que ese cartucho o CD-Rom pasó antes de entregarse a las mías.

Como un hombre que, incluso contra su voluntad, detecte en la mujer a la que ama el eco de antiguos amantes, nunca puedo evitar – aunque me gustaría – que el rastro de esas vidas anteriores llegue hasta mí en forma de huella en un margen, una esquina dañada en la caja, o algún trozo de revista en su interior, con trucos o passwords, señalando una partida interrumpida, quizá para siempre.

Y en efecto, tristeza es la palabra.

Melancolía absorta en las vidas anteriores a las que el juego que ahora tengo en las manos dio compañía, conocimiento, diversión, lucidez, felicidad, y de las que ya no queda más que ese rastro, unas veces obvio y otras apenas perceptible.

Vidas lejanas a cuyos fantasmas me uniré cuando mis juegos, si tienen la suerte de sobrevivir al azar y a los peligros de su frágil naturaleza, salgan de mis manos o de las de mis seres queridos para volver de nuevo a una tienda de segunda mano, para viajar a otras inteligencias y proseguir, de ese modo, su dilatado, mágico y extraordinario vagar.

Por eso, como digo, prescindo de las etiquetas.

Rindo culto a los fantasmas, pero no deseo convertirme en uno de ellos.

Las estirpes se acaban, los mundos se extinguen, y tarde o temprano llega siempre el tiempo de los ropavejeros y los bárbaros.

No quiero que mi frágil vanidad de propietario sea causa de que, pasado el tiempo, alguien abra esa caja polvorienta o dañada y descubra allí mi nombre como en la lápida de una tumba; donde, por cierto, tampoco deseo figurar jamás.

Por eso, del mismo modo que conservo con celo ritual cualquier reliquia de anteriores propietarios, en lo que a mí se refiere procuro, como quien borra con cuidado las huellas de un asesinato, eliminar todo rastro.

Por desgracia, alguna es indeleble: dedicatorias de amigos y cosas así.

Pero el resto de evidencias procuro destruirlas con impecable eficacia.

Situándome, con paranoia de malhechor minucioso, ante cada título que abandono en un estante para cierto tiempo – o tal vez para siempre -, reviso antes sus envoltorios retirando cuanto allí dejé.

Sin embargo, cuando tras la última ojeada considero limpia la escena del crimen, no puedo evitar una sonrisa contrariada y cómplice.

Sé que, pese a mis esfuerzos, un buen rastreador, adiestrado en estos asuntos, sabrá reconocer pistas sutiles, una pequeña mancha o cualquiera de las marcas que deja la vida, acaso la huella de mis manos.

El eco de mi existencia anónima en esos cartuchos que amé, y que me recuerdan.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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