VISITANDO EL COMPUTERSPIELE MUSEUM

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Hay un bonito ejercicio visual, interesante cuando estás de viaje y acudes, ocioso, a museos como el de Berlín, dedicado exclusivamente a los videojuegos; o cualquier otro lugar donde transiten grupos dirigidos por un guía que levanta el alto, sufrido y profesional.

El asunto consiste, observando el aspecto y comportamiento de los individuos, en establecer de lejos su nacionalidad.

Hay grupos con los que, aplicando estereotipos, raramente se cometen equivocaciones.

Pensaba en esto hace escasos días, viendo a un grupo de rubicundos varones con aire jovial de campesinos endomingados, legítimas cloqueando aparte, de sus cosas, e hijas jovencísimas siguiéndoles con desgana, vestidas con pantalones de caja muy baja y ombligos al aire, acribillados de piercings.

No había necesidad de escucharles hablar para situarlos en la Francia rural más profunda.

Creo que incluso alguno de ellos exclamó: “¡Por Tutatis!”.

Cuando se tiene el ojo adiestrado, un primer vistazo establece la nacionalidad de cada lote.

Incluso desde la lejanía, cuando podría confundírseles con adolescentes bajitos, a los japoneses se les reconoce porque siguen a su guía con una disciplina extraordinaria.

Nunca, bajo ningún concepto, tiran nada al suelo, fotografían todos desde el mismo lugar y al mismo tiempo, e igual hacen cola una hora bajo la lluvia para subirse a una góndola en Venecia, que para asistir al citado Computerspiele Museum.

Identificar a los ingleses es fácil: son los que no hablan otro idioma que el suyo y llevan una lata de cerveza en cada mano a las nueve de la mañana.

En cuanto a los gringos de infantería, clase media y Medio Oeste, se distinguen por sus andares garbosos, las apasionantes conversaciones a grito pelado, y en especial por esa patética manera que tienen ellos, y sobre todo ellas, cuando son de origen blanco y anglosajón, de hacerse los simpáticos condescendientes con otras clases subalternas de los países visitados.

Queriendo congraciarse con los indígenas, mucha risa y palmadita en la espalda, pero sin aflojar – que es lo que realmente les importa a los interesados – un céntimo.

A los alemanes también está chupado situarlos.

Hay mucho rubio, con mujeres de buen ver, y todos caminan agrupados en orden prusiano; se paran exactamente donde deben, y la mitad suelen ir mamados a partir de las seis de la tarde cuando viajan por Europa.

Pero los inconfundibles somos los españoles.

Por lo general somos los que, tras regatear media hora el precio de una mísera entrada, dejamos propinas enormes en bares y restaurantes; los que afirmamos impávidos que, tras comprar en una tienda a base de “yes“, “no” y “tu mach espensiv“, los dependientes “no tienen ni puta idea de inglés“.

Somos, como les decía, los que fotografiamos, interese o no, cada lugar donde haya un cartel prohibiendo hacer fotos.

Para identificarnos no hay error posible: un guía hablando solo, y alrededor, dispersos y sin hacerle caso, los españoles buscando recuerdos que llevarse al terruño, el sitio más cómodo, o echando una inocente meadilla en algún sitio indecoroso.

Y cuando, después de hablar quince minutos en vano, el pobre guía reúne al grupo como puede para continuar su camino, siempre hay alguien que llega con retraso, se queda mirando la recreativa de Pac-Man, y pregunta: “¿Qué juego es?”.

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